in this sign you will conquer

En el comienzo de una nueva etapa, me parece interesante, refrescar algunas ideas sobre otra transición, en otro tiempo, y otro lugar, que viene también a ser este.
El siglo IV puede ser o no apasionante, pero no cabe duda que fue convulso, y marcó definitivamente el principio de una época seguramente oscura. Antes de adentrarnos en el Oriente griego, necesariamente hay que lanzar unas líneas sobre una de las figuras de la época, Constantino. Su historia es conocida, el mito y las no-verdades, quizá lo sean menos.

Constantino el Grande pertenecía, por parte de su padre, Constancio Cloro, a una noble familia de Mesia. Nació en Naisos….  Es decir, había nacido en Serbia en la localidad hoy llamada Nis, Ниш en serbio a veces transliterado como Nish y que está situada sobre el río Nišava.
Siguió los pasos militares y políticos de su padre. Sin embargo a partir del 305 dC. los acontecimientos se precipitan, en la historia de Roma y del personaje: Constancio Cloro, esto es su padre, y Galeno, pasaron a ser augustos, uno en Occidente y el otro en Oriente.  Constancio Cloro, sin embargo murió en Britania al año siguiente, y sus legiones proclamaron augusto a su hijo Constantino. Simultáneamente Roma se levanta contra Galerio, y tras deponerlo, entrega el título a Majencio, yerno de Galerio. Así la estalla una cruenta guerra civil en Constantino de un lado que forjó alianza con Licinio, y Majencio de otro con su padre Maximiano. Tras sucesivas luchas y muertes, en 312 dC, a las puertas de Roma, cerca del puente Mílvio, Majencio se ahogó tratando de huir y quedaron victoriosos y augustos Constantino y Licinio.

Hasta ahí la historia. Después comienzan los ‘mitos’:

El Lábaro (in hoc signo vinces, ἐν τούτῳ νίκα) o el signo sobrevenido.

Se ha escrito que tras la batalla, al día siguiente el emperador Constantino relató que en vio el cielo iluminado con un símbolo y escrito que con ese signo vencería. Llamó artistas, les describió el aspecto del signo que se le había aparecido y les dio el encargo de fabricar un estandarte análogo, que se conoció con el nombre de lábaro. El “labarum” no es sino la deformación griega de “laurum,” en el sentido de “estandarte laureado, estandarte rematado en una corona de laurel.” El lábaro representaba una cruz alargada. En la perpendicular a la lanza iba fijo un trozo de tela, que consistía en un tejido de púrpura cubierto de piedras preciosas, variadas y magníficas, insertas en la trama, donde brillaban los retratos de Constantino y de sus hijos. En la cúspide se hallaba sujeta una corona de oro en cuyo interior aparecía el monograma de Cristo.

Eusebio de Cesárea escribe dos veces acerca de la victoria de Constantino sobre Majencio. En su primera obra, la Historia eclesiástica, Eusebio observa solamente que
Constantino, yendo en socorro de Roma, “invocó en su oración, pidiéndole alianza, al Dios del cielo, así como a su Verbo, el Salvador universal, Jesucristo.” Como se ve, aquí no se menciona ni sueño, ni signo en los escudos.  Finalmente, el mismo Eusebio, unos veinticinco años después de la victoria de Constantino sobre Majencio, y en otra obra (La vida de Constantino), nos da, apoyándose en las mismas palabras del emperador, que se lo “había contado y le afirmaba ser verdad bajo juramento,” el famoso relato en virtud del cual Constantino habría visto, durante sumarcha sobre Roma, por encima del sol poniente, una cruz luminosa con las palabras (hoc signo vincas) ) A partir de la época de Constantino, el lábaro se convirtió en el estandarte del Imperio de Bizancio.

PseudoEdicto de Milán

El primer edicto de protección a los cristianos se dictó, curiosamente, bajo el reinado de Galerio -curiosamente por haber pasado a la historia por ser uno de sus mayores perseguidores-, donde les permitía “que existan, celebren reuniones, si no turban el orden. Rueguen a su Dios por nuestra prosperidad y la del Estado” (a. 311 dC). También les permitía rogar por ellos mismos.

Entonces, en 313 dC reunidos en Milán los augustos Licinio y Constantino… (así comienza el texto que hemos conocido) existió? ¿Se reunieron allí y decidieron algo?

No es pacífico. De un lado el original del texto, caso de haber existido, no se conserva, nadie lo ha podido leer, directamente, ni ahora, ni entonces.

Dos son las fuentes secundarias fundamentales: de un lado,  Lactancio  que se sirve de un, reescrito de Licinio dirigido al gobernador de Bitinia ese mismo año, en tanto que Eusebio usa una traducción al griego del original latino desconocido. Lo que con los siglos se ha asumido como edicto de protección y primer gesto de Constantino hacia el Cristianismo, obedece realmente a la redacción que Licinio hizo concretamente para Nicomedia (provincia romana en la actual Turquía).

Se ha aceptado, sin embargo, que en 313 dC que ambos augustos resolvieron algunos extremos sobre la situación de los cristianos, y decidieron adoptar algunas medidas en su favor. Fundamentalmente por los efectos que estas decisiones tuvieron, pero el Edicto tan famoso y estudiado… no existió.

Curiosamente en el primer tercio del siglo IV el cristianismo era seguido por 10% de la población. En tal caso, la teoría política de las relaciones de Constantino y el cristianismo según la cual el ya emperador se movía impulsado por favorecer a la mayoría de sus súbditos, debe ser rechazada, en su forma integral al menos. Ningún estadista hubiese podido construir sus planes apoyándose en esa décima parte de la población, que además, como se sabe, no se mezclaba entonces en política. De hecho, la actuación personal de Constantino en cuanto a la Iglesia, no es objeto de estas líneas, pero hasta su muerte, él ostentó el título tradicional de Pontifex, celebraba ceremonias en favor de Sol Indiges, y el Domingo coincidía con su solis diae en el culto de Mitra.  Demos un salto de años y continuemos.

Y… en otro momento seguimos