Can One Believe the Ancient Sources That Describe Messalina?

BY HISTORY OF THE ANCIENT WORLD – SEPTEMBER 29, 2012 the Ancient Sources That Describe Messalina?

Hosack, Kristen A. (Illinois Wesleyan University)

Constructing the Past: Volume 12: Issue 1, Article 7 (2011)

Abstract

If readers were to believe everything the ancient sources wrote about the Empress Valeria Messalina, they might conclude that she was a conniving, sex-crazed megalomaniac who worked as a prostitute in her spare time. The historian Publius Cornelius Tacitus, the satirist Decimus Junius Juvenali (Juvenal), and the biographer Gaius Suetonius Tranquillius were Roman citizens who wrote slightly before and during the middle second century CE and are just some of the ancient authors who describe Messalina in unflattering ways. However, to what degree are these sources accurate representations of Messalina? It may be difficult to gain a coherent sense of Messalina‟s true character and behavior from the ancient sources, but it is possible to identify who she most likely was not and what she probably did not do. After all, each depiction of Messalina reflects certain personal biases and motives, such as Tacitus‟s dislike of Messalina‟s husband or Suetonius‟s tendency to gossip.

In addition, the natures of history, satire, and biography can affect accuracy, as can the sources that each author used. For example, ancient historical writing‟s primary purpose was to provide lessons in morality, while biography tended to focus on anecdotal evidence, and satirical works employed exaggeration in order to be effective. Therefore, as a result of personal and literary biases, Tacitus, Suetonius, and Juvenal most likely provide exaggerated, fabricated, or intentionally one-sided portrayals of Messalina, which subsequently reduce the accuracy of their depictions.

Click here to read this article from Constructing the Past

Advertisements

Bankruptcy & Politics III bC

Nada es nuevo: si la agrupación o división territorial en más grandes o pequeñas porciones; ni siquiera la macro crisis económicas de alcance casi planetario.

 

 

 

 

 

 

A finales del s.III dC todo el Mediterráneo estaba en manos de Diocleciano. Un verdadero autócrata, un emperador-dios. En su palacio, generalmente en Nicomedia, durante las audiencias, los súbditos habían de prosternarse ante el emperador antes de osar alzar los ojos a él. Cuanto afectaba al emperador recibía el nombre de sagrado: eran sagrada su persona, sagradas sus palabras, sagrado el palacio, sagrado el tesoro, etc.

Para mejorar el gobierno de la inmensa y heterogénea monarquía, Diocleciano implantó el sistema de la tetrarquía, o poder de cuatro personas. El gobierno del Imperio fue distribuido entre los augustos con iguales poderes, uno de los cuales debía habitar en la parte occidental y otro en la oriental del Imperio. Los dos augustos debían gobernar nominalmente un solo Imperio romano. El Imperio seguía siendo uno, y la designación de dos augustos mostraba que el gobierno reconocía ya la diferencia existente entre el Oriente griego y el Occidente latino, la administración simultánea de los cuales era tarea que rebasaba las facultades de una sola persona. Cada augusto debía asociarse un Cesar que a la muerte o abdicación del augusto pasaba a ser augusto el mismo y elegía un nuevo cesar. Así se creó una especie de sistema dinástico artificial que debía librar al Imperio de turbulencias políticas.

Los primeros Augustos fueron Diocleciano y Maximiano, y los cesares Galerio y Constancio Cloro, padre de Constantino. Diocleciano se reservó Egipto y las provincias asiáticas, con centro en Nicomedia. Maximiano tomó Italia, España y África, con centro en Mediolanum (Milán). Galerio recibió la Península balcánica y las provincias danubianas vecinas, con centro en Sirmium, sobre el Save (cerca de la actual Mitrovitz). A Constancio Cloro se le adjudicaron la Galia y la Gran Bretaña, con centros en Augusta Trevirorum (Tréveris) y Eboracum (York).  Estos cuatro personajes eran considerados gobernadores de un Imperio único e indiviso y las leyes se promulgaban en su cuádruple nombre. No obstante la igualdad teórica de los dos augustos, Diocleciano disfrutaba, como emperador, de una indiscutible supremacía. Los cesares estaban bajo la dependencia de los augustos. Al cabo de cierto tiempo, los augustos debían abdicar, dejando poder a los cesares.

Y la economía, Diocleciano también pasará a la historia por haber sido el primer mandatario que hizo intervenir al Estado para frenar una crisis económica que alcanzó una tasa de inflación del mil por cien. Primero lo intentó acuñando nuevas monedas, pero ante el fracaso de esta medida optó por un edicto de precios máximos en 301 d. C. contra la inflación y los especuladores, aunque con muy poca suerte, todo sea dicho, aunque se decretaba la muerte para quien los incumpliese.  Nos place que” –decía Diocleciano si alguno tiene la osadía de actuar contra lo dispuesto en esta norma, sea condenado a la pena capital, y que sea sometido a igual peligro quien consienta que se violen estas normas por espíritu de lucro o ansia de acaparamiento”. Y añadía una avaricia incontenible e inmoral aparece siempre que nuestros ejércitos, en defensa del bien común, marchan no sólo por aldeas y ciudades sino también por las carreteras; con ello hacen que los precios de los comestibles no sólo se tripliquen, a veces llegan a costar ocho veces más y superan todo lo imaginable. Con esta ley estableceremos una medida y pondremos coto a la avaricia. Su Edicto- Edictum de pretiis maximis rerum venalium– fijaba precios máximos para más de 1.300 productos – carne, trigo, ropa,calzado…- y también regulaba los salarios.

Edicto terminó en el más completo fracaso y la economía del Imperio Romano se hundió en un cierto caos, económico, aun peor que el previo.
En el año 305 dC Diocleciano y Maximiano abdicaron como Augustos, pasando a la vida privada -una de las pasiones de Diocleciano era el cultivo de coles, sic. Galerio y Constancio Cloro se convirtieron entonces en augustos. Sin embargo, las turbulencias que explotaron pusieron rápido fin al sistema artificial de la tetrarquía, que dejó de existir a principios del siglo IV. La crisis económica y la guerra civil posterior casi destroza el imperio.

En cuanto a Constancio Cloro… ya está dicho

in this sign you will conquer

En el comienzo de una nueva etapa, me parece interesante, refrescar algunas ideas sobre otra transición, en otro tiempo, y otro lugar, que viene también a ser este.
El siglo IV puede ser o no apasionante, pero no cabe duda que fue convulso, y marcó definitivamente el principio de una época seguramente oscura. Antes de adentrarnos en el Oriente griego, necesariamente hay que lanzar unas líneas sobre una de las figuras de la época, Constantino. Su historia es conocida, el mito y las no-verdades, quizá lo sean menos.

Constantino el Grande pertenecía, por parte de su padre, Constancio Cloro, a una noble familia de Mesia. Nació en Naisos….  Es decir, había nacido en Serbia en la localidad hoy llamada Nis, Ниш en serbio a veces transliterado como Nish y que está situada sobre el río Nišava.
Siguió los pasos militares y políticos de su padre. Sin embargo a partir del 305 dC. los acontecimientos se precipitan, en la historia de Roma y del personaje: Constancio Cloro, esto es su padre, y Galeno, pasaron a ser augustos, uno en Occidente y el otro en Oriente.  Constancio Cloro, sin embargo murió en Britania al año siguiente, y sus legiones proclamaron augusto a su hijo Constantino. Simultáneamente Roma se levanta contra Galerio, y tras deponerlo, entrega el título a Majencio, yerno de Galerio. Así la estalla una cruenta guerra civil en Constantino de un lado que forjó alianza con Licinio, y Majencio de otro con su padre Maximiano. Tras sucesivas luchas y muertes, en 312 dC, a las puertas de Roma, cerca del puente Mílvio, Majencio se ahogó tratando de huir y quedaron victoriosos y augustos Constantino y Licinio.

Hasta ahí la historia. Después comienzan los ‘mitos’:

El Lábaro (in hoc signo vinces, ἐν τούτῳ νίκα) o el signo sobrevenido.

Se ha escrito que tras la batalla, al día siguiente el emperador Constantino relató que en vio el cielo iluminado con un símbolo y escrito que con ese signo vencería. Llamó artistas, les describió el aspecto del signo que se le había aparecido y les dio el encargo de fabricar un estandarte análogo, que se conoció con el nombre de lábaro. El “labarum” no es sino la deformación griega de “laurum,” en el sentido de “estandarte laureado, estandarte rematado en una corona de laurel.” El lábaro representaba una cruz alargada. En la perpendicular a la lanza iba fijo un trozo de tela, que consistía en un tejido de púrpura cubierto de piedras preciosas, variadas y magníficas, insertas en la trama, donde brillaban los retratos de Constantino y de sus hijos. En la cúspide se hallaba sujeta una corona de oro en cuyo interior aparecía el monograma de Cristo.

Eusebio de Cesárea escribe dos veces acerca de la victoria de Constantino sobre Majencio. En su primera obra, la Historia eclesiástica, Eusebio observa solamente que
Constantino, yendo en socorro de Roma, “invocó en su oración, pidiéndole alianza, al Dios del cielo, así como a su Verbo, el Salvador universal, Jesucristo.” Como se ve, aquí no se menciona ni sueño, ni signo en los escudos.  Finalmente, el mismo Eusebio, unos veinticinco años después de la victoria de Constantino sobre Majencio, y en otra obra (La vida de Constantino), nos da, apoyándose en las mismas palabras del emperador, que se lo “había contado y le afirmaba ser verdad bajo juramento,” el famoso relato en virtud del cual Constantino habría visto, durante sumarcha sobre Roma, por encima del sol poniente, una cruz luminosa con las palabras (hoc signo vincas) ) A partir de la época de Constantino, el lábaro se convirtió en el estandarte del Imperio de Bizancio.

PseudoEdicto de Milán

El primer edicto de protección a los cristianos se dictó, curiosamente, bajo el reinado de Galerio -curiosamente por haber pasado a la historia por ser uno de sus mayores perseguidores-, donde les permitía “que existan, celebren reuniones, si no turban el orden. Rueguen a su Dios por nuestra prosperidad y la del Estado” (a. 311 dC). También les permitía rogar por ellos mismos.

Entonces, en 313 dC reunidos en Milán los augustos Licinio y Constantino… (así comienza el texto que hemos conocido) existió? ¿Se reunieron allí y decidieron algo?

No es pacífico. De un lado el original del texto, caso de haber existido, no se conserva, nadie lo ha podido leer, directamente, ni ahora, ni entonces.

Dos son las fuentes secundarias fundamentales: de un lado,  Lactancio  que se sirve de un, reescrito de Licinio dirigido al gobernador de Bitinia ese mismo año, en tanto que Eusebio usa una traducción al griego del original latino desconocido. Lo que con los siglos se ha asumido como edicto de protección y primer gesto de Constantino hacia el Cristianismo, obedece realmente a la redacción que Licinio hizo concretamente para Nicomedia (provincia romana en la actual Turquía).

Se ha aceptado, sin embargo, que en 313 dC que ambos augustos resolvieron algunos extremos sobre la situación de los cristianos, y decidieron adoptar algunas medidas en su favor. Fundamentalmente por los efectos que estas decisiones tuvieron, pero el Edicto tan famoso y estudiado… no existió.

Curiosamente en el primer tercio del siglo IV el cristianismo era seguido por 10% de la población. En tal caso, la teoría política de las relaciones de Constantino y el cristianismo según la cual el ya emperador se movía impulsado por favorecer a la mayoría de sus súbditos, debe ser rechazada, en su forma integral al menos. Ningún estadista hubiese podido construir sus planes apoyándose en esa décima parte de la población, que además, como se sabe, no se mezclaba entonces en política. De hecho, la actuación personal de Constantino en cuanto a la Iglesia, no es objeto de estas líneas, pero hasta su muerte, él ostentó el título tradicional de Pontifex, celebraba ceremonias en favor de Sol Indiges, y el Domingo coincidía con su solis diae en el culto de Mitra.  Demos un salto de años y continuemos.

Y… en otro momento seguimos