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Unos años antes…

En la primera mitad del siglo VII a.C. emigrantes de Megara fundaron en la punta meridional del Bosforo, la colonia de Calcedonia. Varios años mas tarde un nuevo contingente de megarios, fundo en la primera ribera europea de la punta meridional de Bosforo, la colonia de Bizancio, nombre que se hace derivar del jefe de la expedición megaría: Byzas, aunque este extremo, como otros muchos, no ha sido históricamente corroborados.

Las ventajas de Bizancio respecto a Calcedonia eran evidentes. Herodoto (siglo V a. J.C.) cuenta que el general persa Megabaces, al llegar a Bizancio, calificó de ciegos a los habitantes de Calcedonia que, teniendo ante los ojos un emplazamiento mejor — aquel donde algunos años más tarde fue fundada Bizancio,— habían elegido una situación desventajosa. Una tradición literaria más reciente, ratribuye esa declaración de Megabaces, en forma ligeramente modificada, al dios Apolo, quien, en respuesta a los megarios que preguntaban al oráculo dónde debían construir su ciudad, les dijo que frente al país de los ciegos.

Siglos después, los emperadores (I-IV dC) de abandonaron a menudo Roma durante períodos de larga duración, a causa de la frecuencia de las campañas militares y de los viajes por el territorio. A fines del siglo II dC Bizancio sufrió. Septimio Severo, vencedor de su rival Pescenio Niger, a cuyo favor se había inclinado Bizancio, hizo padecer a la ciudad terriblemente y la y casi la arruinó.

Pero Oriente seguía ejerciendo poderoso atractivo sobre los emperadores. Diocleciano (284-305) disfrutó muchísimo en Asia Menor (Anatolya, en la actual Turquía), concretamente en la ciudad bitinia de Nicomedia, que embelleció con magníficas construcciones.

El inicio

Cuando pensó en edificar la nueva capital, se dice que Constatino barajó por algún tiempo los emplazamientos Naisos (Nisch, en Serbia), donde había nacido, en Sárdica (Sofía, Bulgaria) y en Tesalónica (Salónica en Grecia). Pero atrajo su atención sobre todo el emplazamiento de la antigua Troya, de donde, según la leyenda, había partido Eneas, el fundador del Estado romano, para dirigirse al Lacio, en Italia (en la obra de Virgilio, elaborada a partir del encargo del Primer Emperador, Augusto).

El emperador fue en persona a Troya, se dice que él mismo trazó los límites de la ciudad futura. Las puertas estaban ya construidas, según testimonio del historiador cristiano del siglo V dC Sozomeno, cuando, una noche, Dios se apareció en sueños a Constantino y le persuadió de que buscase otro emplazamiento para la capital. Ya hemos visto que los sueños de Constantino solían ser muy… oportunos. Efectivamente Bizancio contaba con ventajas excepcionales para la lucha contra los enemigos exteriores: por mar era inatacable y por tierra la protegían sus murallas, que podían aún mejorarse, como realmente hizo al construir una muralla que iba del Cuerno de Oro al mar de Mármara. Económicamente, tenía en sus manos todo el comercio del mar Negro con el Mediterráneo.

Un siglo después aún se observaban las obras inacabadas frente a la posible ubicación de Troya.

Sobre el año 325 dC comenzaron las obras en Bizancio. Cuarenta mil soldados godos participaron en los trabajos. Se concedieron a

la nueva capital una serie de diversas inmunidades comerciales, fiscales, etc., a fin de atraer allí una población numerosa.  Monumentos de Roma, de Atenas, de Alejandría, de Antioquía, de Éfeso, sirvieron para embellecimiento de la ciudad. En la primavera del año 330, los trabajos estaban tan avanzados, que Constantino pudo inaugura oficialmente la nueva capital. Esta inauguración se celebró el 11 de mayo del 330. La organización de la ciudad fue tomada de Roma, por tribus urbanas (12) y rurales o extramuros (2).

Más tarde, la antigua Bizancio, convertida en capital del imperio oriental, empezó a ser llamada “la ciudad de Constantino,” o Constantinopla, y hasta, a continuación, meramente “Polis” o simplemente ‘La Ciudad’

El geógrafo árabe Al-Masudi escribe en el siglo X que los griegos de su época, al hablar de su capital, la llamaban Bulin (es decir, la palabra griega Polín) y también IstanBulin (Stenpolin) y no empleaban el nombre Constantinopla. De ahí Istanbul, y  …

Seguimos en otro momento

in this sign you will conquer

En el comienzo de una nueva etapa, me parece interesante, refrescar algunas ideas sobre otra transición, en otro tiempo, y otro lugar, que viene también a ser este.
El siglo IV puede ser o no apasionante, pero no cabe duda que fue convulso, y marcó definitivamente el principio de una época seguramente oscura. Antes de adentrarnos en el Oriente griego, necesariamente hay que lanzar unas líneas sobre una de las figuras de la época, Constantino. Su historia es conocida, el mito y las no-verdades, quizá lo sean menos.

Constantino el Grande pertenecía, por parte de su padre, Constancio Cloro, a una noble familia de Mesia. Nació en Naisos….  Es decir, había nacido en Serbia en la localidad hoy llamada Nis, Ниш en serbio a veces transliterado como Nish y que está situada sobre el río Nišava.
Siguió los pasos militares y políticos de su padre. Sin embargo a partir del 305 dC. los acontecimientos se precipitan, en la historia de Roma y del personaje: Constancio Cloro, esto es su padre, y Galeno, pasaron a ser augustos, uno en Occidente y el otro en Oriente.  Constancio Cloro, sin embargo murió en Britania al año siguiente, y sus legiones proclamaron augusto a su hijo Constantino. Simultáneamente Roma se levanta contra Galerio, y tras deponerlo, entrega el título a Majencio, yerno de Galerio. Así la estalla una cruenta guerra civil en Constantino de un lado que forjó alianza con Licinio, y Majencio de otro con su padre Maximiano. Tras sucesivas luchas y muertes, en 312 dC, a las puertas de Roma, cerca del puente Mílvio, Majencio se ahogó tratando de huir y quedaron victoriosos y augustos Constantino y Licinio.

Hasta ahí la historia. Después comienzan los ‘mitos’:

El Lábaro (in hoc signo vinces, ἐν τούτῳ νίκα) o el signo sobrevenido.

Se ha escrito que tras la batalla, al día siguiente el emperador Constantino relató que en vio el cielo iluminado con un símbolo y escrito que con ese signo vencería. Llamó artistas, les describió el aspecto del signo que se le había aparecido y les dio el encargo de fabricar un estandarte análogo, que se conoció con el nombre de lábaro. El “labarum” no es sino la deformación griega de “laurum,” en el sentido de “estandarte laureado, estandarte rematado en una corona de laurel.” El lábaro representaba una cruz alargada. En la perpendicular a la lanza iba fijo un trozo de tela, que consistía en un tejido de púrpura cubierto de piedras preciosas, variadas y magníficas, insertas en la trama, donde brillaban los retratos de Constantino y de sus hijos. En la cúspide se hallaba sujeta una corona de oro en cuyo interior aparecía el monograma de Cristo.

Eusebio de Cesárea escribe dos veces acerca de la victoria de Constantino sobre Majencio. En su primera obra, la Historia eclesiástica, Eusebio observa solamente que
Constantino, yendo en socorro de Roma, “invocó en su oración, pidiéndole alianza, al Dios del cielo, así como a su Verbo, el Salvador universal, Jesucristo.” Como se ve, aquí no se menciona ni sueño, ni signo en los escudos.  Finalmente, el mismo Eusebio, unos veinticinco años después de la victoria de Constantino sobre Majencio, y en otra obra (La vida de Constantino), nos da, apoyándose en las mismas palabras del emperador, que se lo “había contado y le afirmaba ser verdad bajo juramento,” el famoso relato en virtud del cual Constantino habría visto, durante sumarcha sobre Roma, por encima del sol poniente, una cruz luminosa con las palabras (hoc signo vincas) ) A partir de la época de Constantino, el lábaro se convirtió en el estandarte del Imperio de Bizancio.

PseudoEdicto de Milán

El primer edicto de protección a los cristianos se dictó, curiosamente, bajo el reinado de Galerio -curiosamente por haber pasado a la historia por ser uno de sus mayores perseguidores-, donde les permitía “que existan, celebren reuniones, si no turban el orden. Rueguen a su Dios por nuestra prosperidad y la del Estado” (a. 311 dC). También les permitía rogar por ellos mismos.

Entonces, en 313 dC reunidos en Milán los augustos Licinio y Constantino… (así comienza el texto que hemos conocido) existió? ¿Se reunieron allí y decidieron algo?

No es pacífico. De un lado el original del texto, caso de haber existido, no se conserva, nadie lo ha podido leer, directamente, ni ahora, ni entonces.

Dos son las fuentes secundarias fundamentales: de un lado,  Lactancio  que se sirve de un, reescrito de Licinio dirigido al gobernador de Bitinia ese mismo año, en tanto que Eusebio usa una traducción al griego del original latino desconocido. Lo que con los siglos se ha asumido como edicto de protección y primer gesto de Constantino hacia el Cristianismo, obedece realmente a la redacción que Licinio hizo concretamente para Nicomedia (provincia romana en la actual Turquía).

Se ha aceptado, sin embargo, que en 313 dC que ambos augustos resolvieron algunos extremos sobre la situación de los cristianos, y decidieron adoptar algunas medidas en su favor. Fundamentalmente por los efectos que estas decisiones tuvieron, pero el Edicto tan famoso y estudiado… no existió.

Curiosamente en el primer tercio del siglo IV el cristianismo era seguido por 10% de la población. En tal caso, la teoría política de las relaciones de Constantino y el cristianismo según la cual el ya emperador se movía impulsado por favorecer a la mayoría de sus súbditos, debe ser rechazada, en su forma integral al menos. Ningún estadista hubiese podido construir sus planes apoyándose en esa décima parte de la población, que además, como se sabe, no se mezclaba entonces en política. De hecho, la actuación personal de Constantino en cuanto a la Iglesia, no es objeto de estas líneas, pero hasta su muerte, él ostentó el título tradicional de Pontifex, celebraba ceremonias en favor de Sol Indiges, y el Domingo coincidía con su solis diae en el culto de Mitra.  Demos un salto de años y continuemos.

Y… en otro momento seguimos